Gen Z, la más conectada y las más enferma
Un reporte global con datos de un millón de personas en 84 países confirma que la edad a la que los jóvenes reciben su primer teléfono inteligente tiene consecuencias directas y medibles en su salud mental adulta.
Cuando un niño recibe su primer smartphone no solo está recibiendo un aparato. Está recibiendo acceso sin supervisión a un entorno diseñado por ingenieros para maximizar el tiempo de pantalla, y cuya exposición temprana, según acumula la evidencia científica, altera de forma duradera la arquitectura de su salud mental.
Eso es lo que documenta el Global Mind Health Report 2025, publicado el 26 de febrero de 2026 por Sapien Labs, organización que mantiene la base de datos más grande del mundo sobre bienestar mental.
El estudio reúne datos de aproximadamente un millón de participantes en 84 países y 25 idiomas, y analiza cuatro factores clave detrás del deterioro de la salud mental en adultos jóvenes: el debilitamiento de los vínculos familiares, la pérdida de la espiritualidad, el uso de smartphones en la infancia, y el consumo de alimentos ultraprocesados.
Una brecha que se ensancha con cada generación
El informe parte de un hallazgo que debería alarmar a cualquier sistema de salud pública.
Mientras los adultos mayores de 55 años mantienen una puntuación promedio de 101 en el índice de salud mental (MHQ) con alrededor del 10% enfrentando desafíos clínicamente significativos, los jóvenes de entre 18 y 34 años tienen un promedio de apenas 36, con el 41% experimentando una crisis de salud mental que afecta sustancialmente su capacidad de llevar una vida productiva.
La caída no es un fenómeno de un solo país ni de una cultura específica. Los datos muestran una caída global en las generaciones más jóvenes, con problemas que atraviesan las capacidades cognitivas, emocionales y sociales. En otras palabras: la brecha entre mayores y jóvenes se repite, con variaciones, en cada rincón del mundo con acceso a internet.
La paradoja que el informe subraya es geopolíticamente incómoda: cuanto más rico el país, peores los indicadores de salud mental entre sus adultos jóvenes. El acceso material no protege; en muchos casos, parece acelerar el deterioro.
Antes de los 13: el umbral que cambia todo
La Generación Z es la primera en haber crecido con un smartphone propio desde la infancia. Cuanto más tarde recibieron su primer dispositivo, mejor su bienestar mental en la adultez. Y a la inversa: quienes lo recibieron más jóvenes tienen mayor probabilidad de experimentar pensamientos suicidas, sentimientos de agresión hacia otros y una sensación de distanciamiento de la realidad.
Los síntomas más fuertemente asociados con el acceso temprano al smartphone incluyen pensamientos suicidas, agresión, desapego de la realidad y alucinaciones.
Los jóvenes adultos que recibieron su primer teléfono antes de los 13 años obtuvieron puntuaciones progresivamente más bajas en el MHQ, con mayor deterioro cuanto más temprana fue esa primera entrega.
Los mecanismos son múltiples. La exposición temprana a redes sociales tóxicas explica gran parte del vínculo entre el acceso precoz al smartphone y la salud mental deteriorada; otros factores incluyen el ciberacoso, el sueño interrumpido y las relaciones familiares negativas.
A ello se suma un efecto menos visible pero igualmente grave: el tiempo excesivo frente a pantallas reduce el desarrollo de la cognición social, esa capacidad que solo se aprende interpretando expresiones faciales, lenguaje corporal y dinámicas grupales en tiempo real, con personas de carne y hueso.
A pesar de toda esta evidencia, la edad promedio global a la que la Generación Z recibió su primer smartphone fue los 14 años. En México, según datos del reporte, está entre los 11 y los 12 años de edad.
Gen Z, más allá de la depresión y la ansiedad
Uno de los aportes más relevantes del informe es su insistencia en ampliar el espectro del daño.
La narrativa pública suele reducir la crisis de salud mental juvenil a depresión y ansiedad.
Pero la investigadora Tara Thiagarajan, fundadora de Sapien Labs y autora principal del estudio, advierte que la crisis va mucho más allá: los adultos jóvenes también enfrentan dificultades para controlar sus emociones, mantener relaciones, concentrarse, y experimentan síntomas como el distanciamiento de la realidad que raramente aparecen en los diagnósticos estándar.
Esta subdetección tiene consecuencias clínicas y de política pública. Si los instrumentos de medición solo buscan depresión y ansiedad, una parte importante del daño pasa desapercibida.
Una crisis que el mundo empieza a legislar
El consenso científico está empujando a los gobiernos a actuar. El psicólogo social Jonathan Haidt, de la Universidad de Nueva York y autor de La generación ansiosa, fue uno de los primeros en documentar sistemáticamente esta crisis.
Haidt señala que desde aproximadamente 2011, los jóvenes —históricamente uno de los grupos demográficos más felices— reportan niveles crecientes de depresión y ansiedad, y propone limitar el acceso a smartphones y redes sociales para menores de 14 años como medida estructural.
Su argumento central es que la infancia en la Generación Z pasó de estar basada en el juego a estar basada en el móvil, lo que ha generado un tsunami de enfermedades mentales entre los menores.
Algunos países ya están respondiendo con legislación.
Entre las medidas aprobadas hasta 2025, Francia mantiene desde 2018 una prohibición robusta para menores de 15 años en centros educativos de primaria y secundaria, que fue reforzada en 2024.
Australia prohibió el acceso a redes sociales para menores de 16 años. Y en 2025, varios países aprobaron normativas nacionales que restringen el uso de dispositivos en horario escolar.
Debate abierto
No todos los expertos están de acuerdo en la magnitud ni en la causalidad de los efectos.
El profesor Pete Etchells, de la Universidad de Bath Spa, señaló que el reporte no presenta datos suficientes para establecer una relación causal entre smartphones y la crisis de salud mental, y advirtió que afirmaciones de gran alcance basadas en conjuntos de datos amplios pueden desviar la atención de las causas reales de los problemas de salud mental juvenil: familias disfuncionales y escuelas que fallan.
Es una advertencia válida.
Los propios datos del reporte muestran que el deterioro de los vínculos familiares es también un factor determinante, y que espiritualidad y lazos comunitarios tienen peso propio. El smartphone es un vector, no la única causa.
Pero incluso con esa matización, el volumen de la evidencia acumulada —un millón de participantes en 84 países, consistente en regiones y culturas distintas— hace difícil descartar la señal.
La pregunta que queda no es si el acceso temprano a los smartphones daña a los niños, sino cuánto tiempo más seguiremos entregándoles uno a los once años y esperando que salga bien.